Diana García Montiel, Ph. D.

Entrevista a:
Diana García Montiel, Ph. D.
Instituto de Estudios de Ecosistemas Tropicales
Facultad de Ciencias Naturales
Universidad de Puerto Rico
Por: Gabriela González Izquierdo

Los ecosistemas tropicales, particularmente los del Caribe, se encuentran entre los más ricos en cuanto a biodiversidad. Una mirada contemplativa al paisaje puertorriqueño de inmediato arroja a la vista un sinnúmero de elementos naturales, incluso dentro de espacios urbanos, donde pueden observarse diversas especies de flora y fauna. Es evidente que están ocurriendo, constantemente, procesos ecológicos, intercambios biológicos, que son necesarios para que estos elementos coexistan dentro de un mismo espacio: procesos que son esenciales para la vida misma.

Pero, ¿qué ocurre debajo de la superficie, en eso que llamamos el suelo? Estos procesos biológicos que ocurren tras bastidores, escondidos de nuestras miradas curiosas, contribuyen al balance ecológico de una zona, debido a que, entre otras cosas, ayudan a regular los ciclos de nutrientes.

Consciente de la importancia de examinar estos ciclos biogeoquímicos, que son los que determinan la entrada de nutrientes, su transformación y su salida, la doctora Diana García Montiel desarrolló una investigación para San Juan ULTRA, con el propósito de estudiar la manera en que estos procesos ocurren dentro de las zonas urbanas en la cuenca del río Piedras en San Juan.

San Juan ULTRA (Urban Long Term Research Area, por sus siglas en inglés) es un proyecto auspiciado por la Fundación Nacional para las Ciencias (NSF, por sus siglas en inglés) y el Servicio Forestal de los Estados Unidos, que tiene como propósito desarrollar estudios que arrojen luz sobre la situación social, económica y ambiental de la ciudad de San Juan, con el fin de promover su desarrollo sostenible.

“Así como en un sistema natural debemos estudiar los microbios, aquí hay que tomar en cuenta el componente humano, con sus decisiones, sus actividades, sus percepciones,” afirma la investigadora, quien también ha laborado en el Instituto de Estudios de Ecosistemas Tropicales (ITES), adscrito a la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Puerto Rico.

Como parte de la investigación, se escogieron seis áreas en la cuenca del río Piedras: Chiclana, Caimito, La Sierra, Puerto Nuevo, Avenida Central y San Patricio. Entre los primeros pasos, se les realizó una encuesta a los residentes de estas zonas urbanas, con el fin de recopilar datos demográficos, así como palpar sus actitudes, percepciones y comportamientos en torno al manejo de áreas verdes y otros hábitos, incluyendo los de alimentación y el manejo de desperdicios sólidos, entre otros.

La investigación también se nutrió de un censo de las áreas verdes en las zonas, prestando atención a la biomasa, incluyendo la materia orgánica sobre la superficie. Esta materia orgánica es descompuesta por microbios, los cuales requieren compuestos más ricos en nitrógeno que en carbono para hacer su trabajo bien. Medir la calidad del compuesto orgánico para determinar los niveles de nutrientes, por ende, ofrece información valiosa acerca de la salud del ecosistema.

“Un ecosistema saludable debe mantener la integridad de estos procesos de ecosistemas, y esos procesos determinan la función del ecosistema,” sostiene García Montiel. “Esa combinación de procesos y funcionalidades es la que provee los servicios de ecosistemas,” añade.

La investigadora destaca la importancia de los ciclos de nutrientes para la salud de los ecosistemas. Estos ciclos ocurren en el suelo, que es la parte más superficial del terreno, hasta donde llegan las raíces. A medida que se profundiza, los procesos biológicos disminuyen. Por otro lado, el ser humano aumenta la entrada de nutrientes y materiales al ecosistema, causando que se sature. El ecosistema no puede procesarlo todo, y aumenta la salida en forma de contaminantes.

Además, estos suelos antrópicos, o aquellos impactados por el humano, cuentan con espacio limitado para los procesos biológicos, debido a que la construcción elimina capas del suelo y lo compacta.

Entre los hallazgos preliminares de la investigación, se destacan algunos indicadores de los hábitos de consumo y el manejo de desperdicios sólidos por parte de los residentes en las zonas estudiadas. Estos datos relacionados al comportamiento humano son relevantes para el estudio porque inciden directamente en procesos biológicos, tales como los ciclos de nutrientes.

Por ejemplo, se determinó que la mayoría de los residentes obtiene sus alimentos de los supermercados. Sin embargo, aquellos residentes provenientes de zonas con mayor densidad de áreas verdes –es decir, Caimito y Chiclana– consumen una mayor cantidad de alimentos de patio.

En cuanto al manejo de desperdicios sólidos, sólo reciclan aquellos que viven en áreas donde el municipio cuenta con un programa de reciclaje, específicamente en San Patricio, La Sierra y Avenida Central. En cuanto al manejo de aguas usadas, a pesar de que la mayoría de las zonas estudiadas se encuentra conectada al sistema de alcantarillado, no es así en las zonas montaña arriba. De hecho, en Caimito, sólo el 4 por ciento está conectado al sistema de alcantarillado, mientras que en Chiclana aumenta al 16 por ciento. Eso significa que, en estas dos zonas, la mayoría de los hogares depende de pozos sépticos o descarga directamente al río.

Sobre los futuros pasos, la doctora García Montiel señala que se está desarrollando una propuesta para realizar un estudio del sub-suelo en las zonas urbanas, que es el área por donde discurre el agua y se dispersan las raíces, e incluso hasta donde llegan las infraestructuras de las construcciones. El estudio utilizaría una técnica de medición de resistividad del suelo en dos dimensiones, con el propósito de trazar un mapa de las sub-estructuras hasta 30 metros de profundidad, utilizando corrientes eléctricas. De esa manera, la investigadora pretende monitorear los niveles de nutrientes mensualmente.

Todo esto, con el fin de que, eventualmente, los seres humanos comencemos a repensar la manera en que interactuamos con nuestro entorno y a comprender que cada acto humano, por más inofensivo que parezca, requiere una respuesta de la naturaleza, quien trabaja incansablemente para compensar todo desarreglo, desde una extensión de la marquesina para albergar otro carro, hasta el fertilizante que dispersamos libremente por nuestros patios para que ese arbolito crezca más rápido. El daño, como puede apreciarse por este estudio, ocurre a veces a nivel microscópico, invisible a simple vista, pero constituye una gran amenaza porque, después de todo, dependemos de la salud y funcionalidad de los ecosistemas para nuestra supervivencia.